La carta – Terapia en el duelo

Voy a reproducir un fragmento de una carta que recibió Gor, hermano de Erne al que ya he mencionado en este blog.

Esto acaeció después de haber pasado por una ciudad no muy lejana de la suya donde residen algunos de sus mejores amigos, amigos medio circunstanciales se entiende, de estos que algunos denominan, entre los que me encuentro, “amigos de trabajo” ósea de los que te encuentras en el camino de la vida pero no íntimos, no a los que confiarías tus ahorros, hijos o…, bueno me estoy desviando de la cuestión pues lo interesante en este caso, al menos en este momento, es el contenido de la carta y voy a ella, decía así:

Querido amigo Gor, te pido que me permitas llamarte amigo con todas las consecuencias pues desde ayer yo lo soy tuyo. Como sabes, y me consta que lo sabes pues me han dicho que te desplazaste desde tu ciudad expresamente por este motivo, el otro dia como consecuencia de la vida y a causa de ella mí querida Mimí dejo de respirar después de unos días de agonía, esto que me tenía en la media penumbra aunque distraído con sus idas y venidas, facultativos, curas, medicamentos, me sumió en la negrura total, en un “que será de mi ahora sin poder verla “y otros pensamientos todos del mismo color. A mi lado estaban mis allegados y pasaron todos mis amigos, todos ellos intentando consolarme de tan gran perdida, me hablaban de “la voluntad del Señor”, “del camino que había emprendido hacia otro sitio mejor”, de que ya no sufriría más y cosas por el estilo, frases todas ellas que al ser tan habitual escuchar en todos los sepelios, oía como en un segundo plano de mi dolor pero que no escuchaba. Y de pronto llegaste tú querido amigo y me abrazaste un largo rato con un “lo siento”, me miraste y con esos ojos que demostraban un gran interés me preguntaste:

Gor.- ¿Cómo te sientes?

.- pues no me siento muy bien

Gor.- ¿la querías mucho?

.- si mucho

Gor.- ¿Cómo la querías?, ¿Por qué?, ¿que era para ti?

Y comencé a contarte todo lo que era para mí, traslade a esa pregunta todos mis pensamientos para que se hicieran reales, para gritarle al mundo como me sentía, te hable de su cara, su sonrisa, su alegría al verme,… de mis temores al pensar donde estará ahora, ¿sentirá como antes?, ¿se acordara de mí?, ¿podremos reunirnos algún dia?, ¿hay algo después…? Y tantas y tantas cosas te conté, tantos recuerdos, que se nos fue pasando el tiempo. A veces estos recuerdos me hacían llorar de una manera inconsolable y tú estabas, me acompañabas, otras veces con anécdotas alegres que nos hacían reír a los dos. Lo que si recuerdo es que apenas hablabas solo estabas atento a mis giros, a mis lágrimas guardando un respetuoso silencio, como mucho posando tu mano en mi hombro para hacerme notar tu presencia o abrazándome si pensabas que lo necesitaba, como si me dijeras “no estás solo, yo te acompaño, desahógate”; a mis efímeras alegrías sonriendo conmigo, siempre acompañando, siempre aquí, haciendo que me sintiera cada vez un poco mejor porque alguien me entendía y me escuchaba, y creo que lo más importante me dejaba ser yo mismo en ese momento.

Te escribo esta carta y te cuento esto para decirte lo agradecido que te estoy ya que no te lo dije en persona, supongo que te habrá costado no hablar, no darme soluciones mágicas para así tu encontrarte algo mejor para paliar esa angustia que nos desasosiega a todos al escuchar desdichas que no podemos solucionar. Quiero que sepas el bien que me ha producido ayer cuando tan apenado estaba, y para que al saberlo sigas haciéndolo con quien lo necesite, yo por mi parte ya lo he aprendido y así lo hare, aunque no vea ninguna reacción en el otro y parezca que no ha servido de nada, si lo hago con respeto y empatía será suficiente para que el otro lo tome o no.

 

Esta reflexión saqué de la lectura de “el libro Tibetano de la Vida y la Muerte” escrito por Sogyal Rimpoché, en el que nos dice la mejor forma de acompañar a los moribundos y a sus familiares

Gracias por entrar y, si puedes, te agradecería un breve comentario.

Un abrazo

 

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