El sentido de la compañía

Hoy es jueves y camino por la calle despacio con tranquilidad, con el semblante serio y ausente de los que arrastran su preocupación constante, voy andando y ni me doy cuenta de hacia dónde o porque, noto la presencia de los demás pero no les siento, son parte del paisaje y me parece que estoy solo, como cuando paseo por algún bosque amigo rodeado de árboles por todas partes con tanta profundidad que no veo el final, pero lleno de esa luz y ese sol que se filtra entre sus ramas y hace tan agradable tu propia compañía, y reduce tus preocupaciones a simples pensamientos. De pronto noto un obstáculo en mi camino que interrumpe mis pensamientos y me hace levantar la vista para salir de mi particular bosque y situarme en la realidad del aquí y ahora, el obstáculo no es otro que mi amigo Erne plantado en mi camino con los brazos en jarras y mirándome con ese semblante entre gracioso y pícaro del que espera una reacción de sorpresa y turbación, sonrió y le saludo

.- Hola Erne

.- Hola –dice arrastrando las palabras sonriente- ¿adónde vas con el piloto? (automático se entiende)

.- pues a ningún sitio en particular, paseo conmigo mismo.

.- ¿Te preocupa algo?

.- No, pero pensaba como explicar a mis amig@s algo sobre la Terapia Rogeriana.

.- Bueno, si te parece, te cuento lo que me relato una amiga muy cercana hace algún tiempo y si te gusta…

.- Cuenta cuenta –le dije yo ávido de oír algo que me ayudara

.- Pues veras esto le sucedió hace unos cuantos años cuando acababa de cumplir los 40 y encaraba esa crisis tan característica de la edad, me lo conto más o menos como sigue e intentare ser fiel a su relato para que lo puedas apreciar como lo hice yo:

“Llegue a su encuentro una tarde que, en el estado en que me encontraba, me pareció lluviosa y desapacible. Toque el timbre de la puerta y me salió a abrir un hombre, después de saludarme y presentarse me condujo a una sala en la que solo había dos butacas y una pequeña librería, me invito a sentarme.

Y allí estaba ante una persona de bastante más edad, de otro sexo, con otra forma de pensar, y con otra experiencia seguro muy diferente a la mía, que habría forjado otros valores, otros comportamientos. En ese momento me pareció que no debería estar allí y me entraron unos enormes deseos de escabullirme.

Sentada en esa butaca y frente a ese hombre comienza a aparecer el miedo a ser juzgada, el miedo a otras interpretaciones, el cómo rompo mis recelos para poder confiar, que pensara, como me vera, y aparece todo el peso de mi historia, llena de exigencias y represión.

Le miro con pudor y vergüenza. Y casi no acierto a exhalar un pequeño hilo de voz tembloroso.

.- ¿Por qué estás aquí?, ¿Qué te preocupa? –me dice con una voz serena, sin prisa invitándome a la confianza

Siento que me observa con mucha atención, esa atención que te invita a hablar, y hablo despacio midiendo mis palabras y observando sus reacciones.

Vuelvo a verle otras veces y a pesar de mis miedos siento que él no me juzga, no interpreta lo que le digo, no me obliga a contar, no me aconseja, no acelera mi hablar, creo que solo intenta entender quién soy, mi forma de percibir, como interpreto mi experiencia.

Sin darme cuenta mi voz se ha tornado más firme, más confiada, más fluida y siento a este desconocido, que ya no lo es tanto, cada vez más cercano. No percibo de la misma forma ni su edad, ni su sexo o sus diferentes vivencias. Es un ser humano como yo con quien comparto ese espacio, donde puedo dejar atrás mi mascara, es un espejo en el que veo reflejada mi verdadera imagen.

Me entiende y me acepta, me respeta y respeta mis miedos. Y me regala esa confianza que hace darme cuenta de mi desconfianza propia, y del miedo a dirigir mi vida a ser dueña de mi propia libertad.

En él reposo y reflejo esos miedos, esa tendencia al control, esa angustia a perder mis batallas internas, esos llantos al desprenderme de mi armadura y admitir mí historia.

Con él me permito ser quien soy, estar donde estoy sin más. Y, poco a poco, me voy descubriendo, me voy reconociendo, voy quitando cada parte de esa armadura y me voy sintiendo nacer de nuevo, pero con consciencia, percibiendo esa vergüenza y ese vértigo de ser, aunque sintiendo cada vez más satisfacción de MI MISMA.

¡Por fin “veo”!, ¡al fin entiendo!

Entiendo lo que se escondía tras mi oscura niebla.

Y también entiendo que él, más que un servicio, me ofrecía una relación de entendimiento, aceptación y comprensión.

Me doy cuenta que el único modo de crecer, de entenderme y entender, es saber.

Y a pesar de lo que he visto que me aterra y me llena de zozobra me acepto, y empiezo a construir desde aquí.

Han pasado años desde entonces, y me parece que a partir de aquellos días he amado, he escuchado, he contado, he experimentado, de una manera diferente que ha calado positivamente en mi interior.

Esto me ha permitido y me permite hacer y sentir cosas con una intensidad diferente, vivir de una manera desconocida, y disfrutar de mí porque ahora soy consciente de quien soy.

Algunas veces en que se nubla mi dia, le busco y charlamos, y recuerdo, y me reconforta otra vez su gran humanidad, y vuelvo a reencontrarme, a aceptarme.

Gracias.”

Este fue el relato de la amiga de Erne y creo que es muy ilustrativo. ¿A ti que te parece?

Espero que me digas algo al respecto.

Un abrazo.

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